
31.5.09
Con los pies en la tierra

13.3.09
¿FAMILIAS DURMIENTES O FAMILIAS INVENCIBLES?
Entre las familias oficialmente cristianas, abundan las familias ‘durmientes’. Hacen como que no se enteran de los problemas que tienen en casa y, ante los ataques del laicismo combativo que padecemos, aguardan pasivamente tiempos mejores. No saben lo que se pierden. Porque vivir una buena relación como esposos, desde la perspectiva humana, es algo muy gratificante. Y si añades la perspectiva de la fe, resulta algo maravilloso. El diálogo sincero y abierto entre los esposos adquiere horizontes nuevos cuando son conscientes de que no dialogan solos. Cristo les acompaña y han de estar atentos para captar lo que El les quiere decir a través del otro. Educar a los hijos, con todas las dificultades que tiene esta empresa, se convierte en una gozada cuando se les ve como un regalo de Dios y cuando los esposos se sienten llamados a colaborar con el Señor para ayudarles a ser, no sólo personas íntegramente desarrolladas, sino hijos de Dios en camino hacia su plenitud.
No necesita la Iglesia solamente gente buena. Necesita hombres y mujeres fuertes y recios. No matrimonios con las manos caídas y los ojos abatidos. Necesitamos tener más en cuenta las virtudes que los defectos y lanzarnos a la aventura de vivir lo que anunciamos y anunciar lo que vivimos. De lo contrario, no seríamos más que rebaño de débiles, mediocres receptores de un carisma que no merecíamos. La Iglesia necesita familias inasequibles al desaliento
Las familias cristianas están llamadas a vivir intensamente la espiritualidad familiar. A llevar hasta el límite las promesas bautismales, a vivir la ayuda mutua y dar así testimonio de lo que creen. Apostar fuerte por llevar adelante las propias convicciones, pretender la santidad viviendo en familiar no es precisamente espiritualismo. Ahora bien, para vivir así, no valen mediocridades. Por otra parte, no se trata exclusivamente de esfuerzos humanos casi heroicos. El poder de Dios se manifiesta cuando el hombre reconoce su propia debilidad. Lo que no obsta para que a la tierra prometida del gozo y la felicidad familiar sólo se llegue cruzando el desierto de los cansancios, las crisis y las ‘noches oscuras’. Sólo quien es capaz de caminar en la oscuridad alcanza la luz. Una familia cristiana que lo es de verdad, vive a contracorriente y no puede aspirar a una vida cómoda y sin tensiones. Necesitamos familias católicas que, luchando con la confianza puesta en Dios, se sientan invencibles. Unas familias así son, en un mundo que se precia de no creer en Dios ni el amor limpio y sacrificado, una ‘teofanía’, una manifestación de Dios, de su amor fiel y lleno de ternura.
Nada de intentar justificarse diciendo: ‘nosotros no podemos’ cuando en realidad lo que sucede es que no queremos. No estamos para blandenguerías, anemias espirituales y miedos paralizantes. Despierten las familias dormidas, levántense las abatidas, acompañemos a las que flaquean, animemos a las que se vienen abajo. Todos somos débiles, pero no estamos llamados al conformismo, a la mediocridad, a seguir durmiendo mientras el mundo arde en las llamas del consumismo, de la superficialidad y del sálvese quien pueda. Necesitamos familias que viven un cristianismo arriesgado, alegre y comunitario.
a
a
Nota Editorial:
Agradecemos sinceramente a Mons. Manuel Sánchez Monge esta colaboración con el boletín de Familias Invencibles. Gracias por sus palabras y su cariño.
17.2.09
Un matrimonio Áquila y Priscila, colaboradores de San Pablo en la misión.

Entre lona y lona Pablo aprovechó para hablarle a este matrimonio de Jesucristo, de manera que a partir de ahora se unen a Pablo y su misión. Y cuando llegaron a Corinto Silas y Timoteo, entonces Pablo, dejó durante un tiempo su oficio, y se dedicó sólo a la misión en esta ciudad. Hemos de pensar que también le acompañaron Áquila y Priscila, los cuales aprovecharían su negocio de lonas para extender el evangelio de Cristo en aquella ciudad portuaria, al igual que ofrecerían su casa para acoger a los primeros cristianos de Corinto.
Sabemos que la predicación en Corinto se hizo de un modo especial que Pablo de vez en cuando recuerda en la primera Carta a los Corintios. No se hizo como una demostración de Jesucristo desde la sabiduría humana, pues el fracaso de esta manera de presentar a Jesucristo ya lo había experimentado Pablo poco antes en su discurso en el Areópago de Atenas. Pablo experimentó en esta predicación a los Corintios la verdadera sabiduría cristiana, que no está en la demostración de grandes argumentos basados en la sabiduría humana, sino en la fuerza de Dios a través del Espíritu de Cristo resucitado (1 Cor 2,17-18).
Al terminar su predicación en Corinto, Pablo emprende el viaje hacia Éfeso, y le acompañan el matrimonio Áquila y Priscila. Allí se separa de ellos para seguir su viaje hasta su comunidad de origen, Antioquia. En Éfeso, Áquila y Priscila se van a encontrar con Apolo, un cristiano muy formado en las Escrituras Judías y en todo lo relativo a Jesucristo, pero que no había recibido el verdadero bautismo cristiano, sino sólo el de Juan. Nos cuenta el libro de los Hechos (18,26) que al oírle Áquila y Priscila, le tomaron aparte y le instruyeron con “más exactitud”. ¿Qué podían enseñarle al instruido Apolo un matrimonio que se dedicaba a confeccionar lonas? Lo que hicieron con Apolo fue una enseñanza que partía de lo aprendido con Pablo en Corinto, es decir, el verdadero conocimiento de Cristo no nace de la sabiduría humana sino de la fuerza poderosa del Espíritu de Cristo resucitado que te lleva a confesar que Jesús es el Señor y a dar testimonio de ello. Lo que recibió Apolo de parte de Aquila y Priscila fue una enseñanza basada en el testimonio personal de su experiencia del Espíritu de Cristo resucitado, y esto llevó a Apolo a recibir un bautismo en el Espíritu, de manera que Apolo va a cambiar a partir de ahora su estilo de predicación tal como nos cuenta el mismo libro de los Hechos (Hech 28,18).
Aquila y Priscila hacen de su casa una iglesia doméstica (1 Cor 16,19), y la abren para que se pueda reunir la comunidad (Rm 16,3). Ellos son un ejemplo de un matrimonio renovado por el Espíritu de Cristo resucitado. Pedimos al Señor que siga suscitando matrimonios y familias renovadas capaces de participar en la misión de la Iglesia.
20.1.09
DIOS ES EL CIMIENTO DE NUESTRA FAMILIA
nuestra Madre.En estos días, como en los anteriores Encuentros ha habido diferentes testimonios de las familias.
El viernes 16, en una mesa redonda con el tema: “Requisitos de la familia que forma en los valores”, el matrimonio Mercedes y Jorge Barbará proclamaban con fuerza:
“DIOS ES EL CIMIENTO DE NUESTRA FAMILIA”.
Compartieron los aspectos espirituales que les ayudan a formar a sus hijos en los valores. Este matrimonio contó su experiencia a los más de diez mil peregrinos presentes en el Congreso Teológico Pastoral, sobre la historia de su hijo Jorge, un testimonio de fortaleza espiritual, e incluso de consuelo, en medio de la enfermedad y el sufrimiento. Este hijo murió de cáncer a los dieciocho años y con una enorme paz y una sonrisa dijo:”Estoy preparado mamá, no estés triste...”
Decían: “Estamos aquí porque sabemos lo imprescindible, lo vital que es poner a Dios como el centro de nuestra existencia y de la familia. Depende de nosotros el que nuestros hijos sean grandes seres humanos y dignos hijos de Dios. Esta es una tarea maravillosa.
El matrimonio desarrolló la manera en que la formación de la conciencia recta de sus hijos, el fomentar el servicio a los demás y la comunicación franca y sincera, les han llevado a ser una familia en que “Dios es uno más” entre ellos, pues saben percibir cómo se les hace presente en lo cotidiano.
“El cultivo de las virtudes, traducidas en los actos diarios han sido elementos fundamentales en el crecimiento espiritual de nuestra familia.”
Resumieron en cuatro aspectos la tarea que tienen como padres para la formación espiritual de su familia:
DESCUBRIR A DIOS,
CONOCERLO,
AMARLO
Y NECESITARLO.
El Papa, Benedicto XVI, comunicó al clausurar este VI Encuentro de las Familias que el VII Encuentro tendrá lugar en la ciudad de Milán en la primavera del 2012 con el lema:
“LA FAMILIA, EL TRABAJO Y LA FIESTA”
(la familia tiene cuerda para rato)
11.1.09
Celebremos el Tiempo Ordinario

Catholic.es
4.12.08
¡Que viene! ¡Que ya está aquí, que ha llegado!
Es tiempo de crisis…Dicen que es tiempo de crisis y nos sentimos muy preocupados. ¿Qué ocurrirá? ¿Qué pasará? Los hombres desconfían de su destino, del porvenir, de lo que se les viene encima.
¡Que viene! ¡Que viene!
Pero, ¡no te has enterado que ya está aquí, que la crisis ya ha llegado, que aquello que nos esforzamos en alcanzar no somos capaces de lograrlo!
¡Que viene! ¡Que viene!
Pero ¿quién viene?
Amigo, viene “el que siempre viene”, el que vive para siempre, el Dios amigo de la vida. Viene el que vino ya en la carne. Viene Jesús de Nazaret, el que mostrará su gloria, que no es otra que el hombre alcance el objetivo de su esperanza, o sea, la vida.
Viene Aquél que es la Esperanza. Llega el jubiloso anuncio del que viene, de quien llega, de la esperanza de los hombres… Llega el Adviento y es el tiempo que los cristianos disponemos como antesala de la gran celebración del misterio de que Dios se hace hombre en Jesús, para darnos ánimo y fuerza, para darnos su esperanza... “Y estaré con vosotros hasta el final de los tiempos”
¿Qué nos traerá el Señor en este Adviento?
Lo que ya trajo, no hay ninguna duda: la salvación, la vida eterna, la vida abundante.
Esa esperanza en la que ahora vivimos, lo que no vemos y esperamos, pero sí conocemos; eso es el contenido luminoso de este pregón de Adviento.
Esperamos y ya conocemos, pero, sobre todo, esperamos por todos los que esperan y no tienen ni conocen. Pero con nuestras solas fuerzas no llegamos a hacer partícipes de nuestra esperanza a todos los hombres.
El mundo vive errado y aturdido entre luces de neón y canciones de la temporada, un consumo compulsivo que no sacia y una paz efímera que nunca se firma.
Nosotros esperamos -por nosotros y por todos- que la humanidad, junto con toda la creación, sea liberada de todas sus servidumbres y reciba la visita de Aquél que viene y que trae para todos la gloriosa libertad de los hijos de Dios. ¡Que viene! ¡Que viene!
1.10.08
Con los pies en la tierra

Un cristiano que quiere seguir a su Señor toma en serio toda la realidad humana. Es en este mundo nuestro, en los hombres y mujeres, en sus mentes y sus corazones donde puede encontrar a Dios, de un modo mucho más vivo que en teorías y reflexiones. Pero ha de tener en cuenta que los cambios históricos afectan también la interioridad humana. Hoy en día, una persona percibe los diversos acontecimientos del mundo de otra forma que las generaciones anteriores, y también reacciona afectivamente de otra manera. Por esto, es tan importante saber escuchar para quien quiere prestar una ayuda eficaz.
La fe hace realista al hombre y le llama a corresponder a las necesidades que descubre en su alrededor, a sentirse solidario con los demás, y especialmente con los más pobres. Despierta el deseo de servir a Cristo en ellos. Pero no basta dar "cosas" al otro. En analogía a su Señor un cristiano quiere dar algo de sí mismo, de su propia vida, de lo que está vivo en él. Comparte sus alegrías y sus penas, sus ilusiones y desilusiones, sus experiencias y planes para el futuro, en una palabra: se da a sí mismo, ofrece amistad. Hay personas que trabajan fervorosamente en labores sociales, pero que nunca han podido realizar un verdadero encuentro con otra persona, en el que cada uno se muestre al otro tal como realmente es.
Me parece que el modo más noble de contribuir al desarrollo de la creación consiste en servir a los demás, en ayudarles para que cada uno llegue a ser felizmente aquel a quien Dios ha querido desde siempre. Pero, para que una persona pueda realizar sus posibilidades más altas, es importante aceptar primero sus necesidades más básicas y elementales, es decir la "tierra" de la que está hecha: conviene no cerrar los ojos ante sus anhelos y frustraciones, su cólera y sus decepciones, su miedo y su desamparo, y tampoco ante la pesadez y la falta de lógica que se encuentran, después del pecado, en cada corazón humano.
"La gloria de Dios es el hombre vivo" (San Ireneo), es decir el hombre auténtico, sin apariencia ni hipocresía, que sabe emplear los talentos recibidos: que es capaz de pensar por cuenta propia, de amar lo que realmente quiere amar, y de no esconder el rico mundo de sus sentimientos: "Un corazón que sabe amar, un corazón que puede conocer la ansiedad y el sufrimiento, que puede afligirse y conmoverse, es la característica más específica de la naturaleza humana," dice el filósofo Von Hildebrand. Ninguna vivencia humana es despreciable para un cristiano, ya que todas menos el pecado fueron asumidas e iluminadas por Cristo. No se puede "saltar" la situación terrena para llegar a lo divino. Cuanto más santa es una persona, más humana es. Y al revés se puede decir lo mismo: cuanto más humana es una persona, más fácilmente puede llegar, con la gracia de Dios, a ser santa. Viene a la memoria la leyenda griega del gigante Anteo, que era invencible mientras tocaba el suelo, mientras estaba sobre la tierra.
Tomar en serio a una persona, con sus deseos de aprecio y comunicación, equivale a revalorizar su personalidad. Conviene promover un estilo de amistad y participación entre los hombres. Es necesario no sólo respetar sino cultivar el modo propio de cada uno, interesarse verdaderamente por los demás y responder gustosamente a todas sus interrogantes. Aunque, de vez en cuando, se produzcan malentendidos y suframos decepciones, nunca debemos "cerrar una frontera, sino abrir una puerta;... no reprochar errores, sino buscar virtudes." (Pablo VI)
La pluralidad entre los cristianos constituye un gran bien. (Juan Pablo II) Todo uniformismo, en cambio, asfixia la vida y no crea sino una apariencia de «armonía, mientras que la verdadera unidad potencia las diferencias. Esto no significa que siempre resulte fácil vivir la unidad en la diversidad; pero, al menos, tenemos la certeza de que este desafío se halla en la misma línea que el camino que enseña Jesucristo. La gracia de Dios es "multiforme".
Pero la vida cristiana no es solamente una vida entre cristianos. Hace falta un profundo respeto hacia todas las personas, cualquiera que sea su creencia o ideología. Un "discípulo" de Cristo es uno que aprende continuamente, como el propio nombre indica. Es uno que está dispuesto a dialogar en serio con los demás, y a descubrir los elementos de verdad que cada planteamiento contiene.
